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Aunque en tono moderado —incluso admirativo al señalar la continuidad, sentido del color y la forma, conocimiento de la vanguardia, diversidad en la obra— Maroto formó parte del debate, discusión o situación en cuanto la aparición de conceptos como “literatura de la Revolución” o “la canonización del muralismo”. Sobre todo al señalar que Diego Rivera había incorporado a México “la brillante historia artística del Occidente”. A juicio del articulista, el pintor rara vez logró la pureza del artista, debido a su estilo trivial y carente de fe, sino que hizo del arte un “instrumento político-social mecanizado” traducido en murales “apresurados”, sin alta calidad. Sin embargo, tales obras logran llevar la realidad al rango de la expresión artística ya que en sus muros Rivera realza “la amistad, la enemistad y la indiferencia públicas de México”; un país que “multiplica a cada instante sus gestos y actitudes en una necesidad vital de asir la ley de su destino”. En la nota a los ocho grabados que ilustran su ensayo (analiza los frescos del Anfiteatro Simón Bolívar (ENP), la Secretaría de Educación Pública (SEP) y la Escuela de Agronomía de Chapingo) hay juicios tales como los siguientes: “barroquismo renacentista”, “elefantiasis”, “composición confusa”, “sistematización muy del gusto y del abandono de Rivera”, “ordenación fría, externa de virtud tan sólo aparente y muy escasa de puros valores estéticos”, amén de “ambición de hallar por caminos de precisión torpe la psicología elemental”. Al final de su artículo, Maroto señala que: “sumando con atención los elementos que aquí se encuentran reunidos se podrá hallar la cifra exacta de los valores de Rivera”. Es decir, al igual que el grupo de Los Contemporáneos, reconocía los logros importantes de la revolución; aunque también consideraba los problemas de caer en una cultura dirigida hacia un proyecto de construcción nacional.
El “grupo sin grupo” (como los llamó Xavier Villaurrutia) o el “Grupo de soledades” (como los denominó Jaime Torres Bodet) —una generación aparentemente más volcada hacia la poesía, más ensayista y menos novelista, insertada dentro de una época de consolidación de identidades, búsqueda de alternativas culturales y de propuestas nacionalistas— ya había publicado antes seis números de la revista Ulises. No obstante, su significación posterior descolla con la publicación Contemporáneos. Revista de cultura mexicana. Fueron 43 números mensuales (junio de 1928-diciembre de 1931), editada por Bernardo J. Gastélum, Jaime Torres Bodet (1902-74), Bernardo Ortíz de Montellano (1899-1949) y Enrique González Rojo, en donde destacó el universalismo con la presencia de autores franceses: (Guillaume Apollinaire, Jean Cocteau, Paul Éluard, André Gide, Jules Supervielle, Jules Romain); entre los latinoamericanos (Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro, Juana de Ibarborou, Juan Marinello); de habla inglesa (T. S. Eliot, Langston Hughes); y los españoles Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Sebastián Gasch, Benjamín Jàrnes, León Felipe [Camino], Gerardo Diego y Gabriel García Maroto. El artículo de este último disgustó profundamente a Diego Rivera (1886-1957), quien, después de un viaje a la Unión Soviética, lo atacó febrilmente en una conferencia dictada en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria. Ermilo Abreu Gómez cuenta la anécdota: “Inocentes o tontos, Bernardo Ortiz de Montellano y yo fuimos a escucharla y nos sentamos en primera fila. De pronto vimos salir a Diego con un ejemplar de Contemporáneos. ¡Dios santo, lo que nos dijo! Replicó a García Maroto, añadió todo lo que se le ocurrió en defensa de su obra y luego la tomó con nosotros”.