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En una breve nota, Siqueiros, el secretario del Sindicato de Pintores y Escultores (SOTPE), informa que los pintores cesados de su trabajo en edificios públicos por intrigas de los “reaccionarios”, cambiarían los muros por las columnas de El Machete, para hacer de la gráfica satírica una poderosa arma social. Su objetivo sería apoyar al proletariado mexicano en su lucha contra la burguesía; particularmente, a través del combate a su prensa que había fomentado un prejuicio contra el arte revolucionario entre aquellos hombres de “buena fe” del gobierno.
A cinco meses de iniciada la publicación de El Machete, sus editores, miembros todos del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores, emitieron una declaración aparentemente redundante, puesto que los pintores expulsados tras la salida de José Vasconcelos de la Secretaría de Educación Pública (SEP) en julio de 1924, José Clemente Orozco (1883-1949) y David Alfaro Siqueiros (1896-1974), colaboraban con El Machete desde el primer número. El trasfondo de tan pomposo anuncio, carente de novedad, era una queja contra dicha expulsión; aunque no se mencionaran los nombres de aquellos que la ocasionaron con sus “intrigas jesuíticas”. Por otra parte, a diferencia de los “Propósitos” redactados por Xavier Guerrero en el primer número del periódico —donde se asumían, como objetivos centrales, la lucha contra los intelectuales conservadores y la educación de los trabajadores—, Siqueiros puso énfasis en ganarle a la prensa “burguesa” el disputado terreno de la opinión pública. La finalidad, se infiere, era atraer a los funcionarios “de buena fe”, capaces de incidir en la apertura de espacios para que los muralistas continuaran con su “labor revolucionaria”.
El formato de hoja volante en el que se publicó la nota de Siqueiros obedeció a la necesidad de divulgar que El Machete se convertiría en semanario y aparecería todos los domingos a partir de su próximo número. Las hojas volantes del periódico resultaban ser un medio propagandístico idóneo, ya que eran gratuitas y se podían pasar de mano a mano o pegar en la pared. Además, al centro de las mismas solían aparecer caricaturas o grabados, llamativos incluso para los analfabetas. Es probable que estas hojas estuviesen inspiradas en aquellas publicadas por imprentas como la de Vanegas Arroyo en el siglo XIX, aunque en este caso, los dibujos y grabados fueron depurados de cualquier rasgo costumbrista.