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Resumen

El autor, Antonino Espinosa Saldaña, propone reemplazar el nombre del curso de “Arte incaico” —implementado en la ENBA a partir de 1930—, por el de “Arqueología pre-incaica y su aplicación a las artes decorativas”, ya que, a su juicio, respecto a lo prehispánico no vislumbra ningún provecho para el arte contemporáneo, a no ser como algo “puramente decorativo”. Las limitaciones serían aún mayores en arquitectura. Cuestiona que el apogeo del Tahuantinsuyo —exaltado por el responsable de esa cátedra, Augusto Aguirre Morales con su novela El pueblo del sol— haya llevado necesariamente a un clímax artístico y pone el dedo en la llaga: el arte incaico constituyó una etapa de decadencia frente al de otras culturas de la región que le precedieron. Por lo tanto, entre otras tantas materias no es digna de especialización; además, considera que las artes precolombinas son documentos arqueológicos notables, pero sólo en su técnica y decorado; ambos inaplicables a un anhelo que pretende realizarse como “estilo nacional”.  

Comentarios críticos

Esta es la respuesta en duplicado del pintor Antonino Espinosa Saldaña a la réplica publicada por el escritor Augusto Aguirre Morales el 28 de mayo de 1930 en torno a las connotaciones que desató la implantación del curso de “Arte incaico” en la ENBA (Escuela Nacional de Bellas Artes) a principios de 1930. 

 

Procurando definir la idea de identidad nacional en términos occidentales, Espinosa dirigió sus críticas contra aquellos que igualaban “lo indígena” (pasado o actual) con “lo peruano”. Las réplicas (como las de Augusto Aguirre) habían identificado lo indígena como única “herencia” capaz de configurar una identidad “indoamericana”. El debate se prolongó no sólo en un ensayo escrito por Espinosa, sino en la prensa por medio de cartas de intelectuales (Héctor Velarde y Mariano Ibérico, entre ellos). Más allá del debate propiamente plástico, el silencio elocuente de José Sabogal revela el interés prioritariamente etnográfico del indigenismo.

 

A inicios de la década de 1930 surgió en Lima un cenáculo artístico: Los Duendes, un grupo de pintores aficionados, cultores de un simbolismo de raigambre literaria con elementos art déco, cuya propuesta estética se erigió como alternativa en un contexto bajo el predominio pictórico indigenista. Reunidos en torno al poeta José María Eguren (1874–1942), la primera y única intervención colectiva de estos “Independientes peruanos” fue en junio de 1931. Antonino Espinosa Saldaña fue el único integrante del grupo que desarrolló una carrera artística sostenida, aunque no haya participado de la muestra. Tal vez por ello, su obra generó un breve intercambio de opiniones sobre la elusiva ubicación de este tipo de propuestas en las coordenadas artísticas locales. En diciembre de 1933, Espinosa exhibió en Lima un conjunto de cerámicas y témperas, donde se incluía la interpretación pictórica (lindante con la abstracción) del Bolero de Maurice Ravel. Con títulos como El tiempo o La inteligencia, las obras apelaban a una densidad alegórica encajada en un género y estilo considerados “decorativos”. Esta contradicción fue señalada por el crítico Carlos Raygada, quien cuestionó la pertinencia del tímido experimentalismo presente en algunos estudios de “movimiento”. Por otra parte, el todavía no identificado F. H. Dursself elogió el dinamismo presente en tales obras, afirmando su carácter germinal para una nueva vanguardia.

 

[Para más información, véase en el archivo digital ICAA de Augusto Aguirre Morales “A propósito del curso de ‘arte incaico’ en la Escuela de Bellas Artes” (doc. no. 1143570)].

Investigador
Ricardo Kusunoki
Equipo
Museo de Arte de Lima, Lima, Peru
Crédito
Courtesy of Antonio Espinoza Laña, Lima, Peru